En un mundo tan ferozmente moldeado por la razón utilitaria, por la pulsión funcionalista, por la oratoria cruel y por la crueldad como registro de lo político, la poesía está, definitivamente, fuera de lugar. El desplazamiento, sin embargo, es la razón de su sentido. Exenta de deberes rutinarios, redimida del yugo impuesto por una cultura que exige – en todo momento y de toda labor – un violento nivel de eficacia, la poesía queda libre para el vuelo y para el remonte. La poesía se alza, y al alzarse revela imágenes de una belleza y un terror apabullantes. Exenta, desplazada, la poesía pronuncia lo que queda de sublime, aquello que difícilmente podemos describir con el lenguaje de lo cotidiano.

En las Américas––y en el arte y la literatura latinx, latinoamericana y afroamericana en particular––abundan ejemplos de prácticas artísticas y literarias concebidas en oposición a una idea pintoresca del paisaje, prácticas que dan paso a aproximaciones más complejas, más históricamente densas y más políticamente incisivas de lo que constituye un entorno natural. La poesía se sitúa al frente de este abordaje politizado del paisaje y el entorno, reinscribiéndolos con los trazos de conflicto y con los trazos de violencia que no aparecen en las versiones más idealizadas, más pastoriles, del paisaje. Actualmente, son pocos los poetas que revelan una visión política del paisaje con la fuerza y la belleza de los poemas escritos por Amy Sara Carroll y por Raúl Zurita, figuras clave de la poesía contemporánea.

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Es posible entrever desde los primeros poemas de Zurita un entendimiento sísmico o geológico del ambiente, del paisaje como construcción en capas. Sus primeros trabajos, publicados en 1975, aparecen impresos en placas, en placas de yeso, cual tumbas. En estos y en poemas posteriores (los escritos sobre el desierto de Atacama, los escritos sobre el cielo de Nueva York, los escritos sobre los acantilados en el litoral norte de Chile), Zurita echa mano de un lenguaje terso, precioso en su nitidez, preciso en la enunciación de voces y paisajes traspasados de dolor y de dictadura. En El hambre de mi corazón, la exhibición dedicada a los poesía poemas monumentales de Zurita (instalada en las oficinas del David Rockefeller Center for Latin American Studies de la Universidad de Harvard), dichos poemas figuran de modo prominente. Son poemas que, leídos de cierto modo, tornan visible el dolor de nuestro presente, en un juego de referencias, resonancias y espejeos con la historia de opresión política de Chile y del continente en general. Son poemas que, en el marco de la exhibición ya mencionada, nos ayudan a recordar violencias pasadas, violencias distantes, violencias que nos compelen a encarar las muertes que toman lugar justo aquí, justo ahora, en la frontera que divide a los Estados Unidos y a México.

El jueves 27 de octubre de 2016, en el lobby donde están instalados sus poemas, Zurita leyó su Canto a su amor desaparecido frente a una audiencia de estudiantes, profesoras y profesores, personal administrativo y miembros de la comunidad. Junto a Zurita, escuchamos también, en voz de un grupo de profesores y estudiantes, poemas de La serie de sobrevivencia del desierto de Amy Sara Carroll. Como los poemas de Zurita––aunque desafiantes en su adopción de un lenguaje casi utilitario––los poemas de Carroll aspiran a intervenir y a reinscribir un paisaje, un desierto: el desierto de Sonora, cuya extensión abarca gran parte del norte de México y del suroeste de los Estados Unidos. Los poemas de Carroll forman parte de [({ })] La herramienta transfronteriza para inmigrantes, un proyecto de diseño conceptual concebido sobre la idea de distribuir celulares con navegación GPS entre migrantes decididos a cruzar el desierto. Los poemas de Carroll sirven, en primera instancia, como guía y sustento para estos migrantes, pero sirven también para transformar la visión de este paisaje. En los poemas de Carroll, el desierto aparece re-encuadrado: ya no es simple punto de entrada, ya no es sólo un sitio de cruces ilegales. Es, más bien, lugar de bellezas sublimes, lleno de vidas misteriosas, y escenario, también, de una crueldad feroz, inhumana. Sin nombrar muertes, sin contar cuerpos, afanados más bien en el sustento del migrante y no en el retrato de su dolor, los poemas de Carroll relevan, desde la gravedad de su compasión, la atrocidad de un desierto convertido en frontera, en arma y en tumba.

Un jueves, pues, en un campus en la costa este de los Estados Unidos, escuchamos los poemas de Carroll, y escuchamos, también, a Zurita leyendo su Canto a su amor desaparecido. Leídos así, en conjunto, los poemas de Carroll y de Zurita revelaron, por un instante, una visión poderosamente contradictoria del desierto y del paisaje, como sitios de apabullante belleza y escenarios de infinito dolor, registros de violencia indescriptible. Por un momento, los que estábamos presentes nos sentimos animados, conmovidos. Nos sentimos afianzados en nuestro intento por entender ese acuerdo entre dolores y bellezas que termina asentándose en todo sitio, en todo ambiente. Por un momento, nos sentimos capaces de resistir, sin resentirnos, la realidad de nuestros días, la realidad de un gobierno empecinado en achicar todo rastro de dolor y de injusticia. Fue un momento para recordar, especialmente aquí, especialmente ahora, cuando el trabajo del recuerdo y la memoria, cuando la labor de resistir lo que Carroll llama, citando a Eve Sedgwick, el “privilegio del no-saber”, resulta labor tan apremiante.

Sedgwick, Eve Kosofsky. “Privilege of Unknowing: Diderot’s The Nun.” In Tendencies. Durham: Duke University Press, 1993.